La escalada de tensiones entre Israel e Irán han generado efectos inmediatos en los mercados energéticos, financieros y comerciales a nivel global. El epicentro de esta nueva oleada de hostilidades se sitúa en los ataques del 13 de junio, cuando Israel lanzó bombardeos selectivos sobre infraestructuras críticas de Irán, incluyendo la refinería Fajr-e Jam, instalaciones del complejo South Pars y depósitos de gas en las afueras de Teherán.
Desde el gobierno encabezado por Netanyahu, estas acciones se han justificado como medidas “preventivas” ante amenazas concretas relacionadas con el programa nuclear iraní y el uso de misiles de largo alcance. Irán a cambio, ha denunciado estos ataques como una violación directa de su soberanía, y ha respondido mediante ataques balísticos contra objetivos logísticos israelíes, además de advertir públicamente sobre la posibilidad de bloquear el Estrecho de Ormuz, un punto neurálgico del comercio energético internacional que podría causar problemas en el comercio global y por lo tanto subidas en los precios de materias primas.
Los ataques israelíes han provocado la destrucción de más de 12 millones de metros cúbicos diarios de capacidad de gas, afectando el suministro a Teherán y varias provincias del sur del país. Asimismo, la paralización de los depósitos de Shahr Rey ha generado disrupciones logísticas internas, encareciendo los costes energéticos y provocando un aumento en los precios de los combustibles dentro del propio Irán que también han repercutido al precio global de los combustibles.
Desde una perspectiva global, estos ataques han reactivado el riesgo geopolítico sobre el suministro energético. Las instalaciones atacadas no solo tienen valor estratégico para Irán, sino también para los mercados asiáticos que dependen de las exportaciones de gas y petróleo iraní. La posición geográfica iraní tiene un papel importante en el comercio global, donde se comporta como las puertas entre Asia, oriente y Europa, y por lo tanto su capacidad de exportación de combustibles tiene un gran efecto en el suministro y comercio global.
Los efectos de este recrudecimiento se reflejaron con rapidez en los mercados financieros. El precio del crudo Brent se disparó un 7 % en tan solo tres días, alcanzando los 78 USD por barril, mientras que el WTI se situó en torno a los 75 USD. Este repunte de los precios energéticos ha venido acompañado por un movimiento clásico de “flight to safety”, con aumentos notables en activos refugio: el oro subió un 4 % y el dólar estadounidense se apreció más de un 1,5 %. A efectos de la escala de la incertidumbre global causada por este nuevo conflicto en oriente
A nivel bursátil, los principales índices globales registraron caídas moderadas: el S&P500 retrocedió un 1,8 %, el Nasdaq cayó un 1,3 % y el EuroStoxx perdió un 1,6 %. La mayor presión se concentró en sectores sensibles al precio del crudo como el transporte aéreo, el industrial y el consumo cíclico. Además, el índice de volatilidad VIX aumentó más de un 20 %, alcanzando su nivel más alto desde mediados de mayo.
Uno de los elementos más preocupantes es la amenaza sobre el Estrecho de Ormuz. Este corredor marítimo es responsable del tránsito de aproximadamente el 20 % del petróleo mundial y casi una quinta parte del gas natural licuado (GNL). Cualquier interrupción en este paso elevaría los costes logísticos globales y afectaría gravemente la seguridad energética de Europa y Asia.
Ante esta situación, algunas navieras ya estudian desviar sus rutas o aplicar recargos por riesgo geopolítico, lo que podría incrementar los costes del transporte marítimo entre un 10 % y un 15 %. Del mismo modo, aerolíneas internacionales han comenzado a cancelar vuelos sobre espacio aéreo iraní y a redirigir rutas hacia Asia.
En términos macroeconómicos, este nuevo contexto complica los esfuerzos de normalización monetaria. El encarecimiento del crudo eleva los costes de producción, transporte y consumo final, lo que genera presiones inflacionarias adicionales. Tanto la Reserva Federal como el Banco Central Europeo podrían verse obligados a aplazar sus planes de reducción de tipos si el conflicto se prolonga, especialmente si el petróleo supera los 85–90 USD de manera sostenida.
El escenario más probable es que los mercados tenderían a asumir esta tensión como un factor estructural más en el entorno geopolítico actual. En este contexto, los bancos centrales mantendrían su enfoque prudente y los inversores buscarían diversificación hacia activos defensivos, sin entrar en un ciclo de pánico o contracción severa.
Sin embargo, no debe descartarse un escenario de escalada. Si Irán cumple su amenaza de cerrar el Estrecho de Ormuz o si se incorporan nuevos actores regionales al conflicto (como las milicias Houthi o Hezbollah), los precios del petróleo podrían superar los 100 USD. Este desenlace presionaría la inflación global, ralentizaría la recuperación y provocaría una reacción de mayor aversión al riesgo en los mercados financieros.
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